Cuando los "amigos" no están.
Un día me di cuenta de que mis amigas habían desaparecido. O tal vez fui yo quien se esfumó de sus vidas… ¿quién sabe? Hay desapariciones muy raras y por supuesto, no dejan notas. No sé si se las tragó un agujero negro, empezaron una nueva aventura o el algoritmo de Instagram las tiene tan entretenidas, como a mí.
Al principio me preocupé. Pensé: ¿y si me borraron del grupo de WhatsApp? Después caí en cuenta de que no me gusta seguirle el rollo a estos mensajes. Tengo muchos grupos archivados y cuando paso por allí me asusto: Hay cientos de mensajes sin leer. En fin, Voy a elevar una oración al Dios de la tecnología para que en una nueva actualización no se puedan crear más grupos. Luego acepté, con la misma serenidad con la que se acepta que el yogur caducó hace tres días, pero igual te lo comes, que cada quien está en su rollo, que no tenemos veinte años y que tenemos más responsabilidades, bla bla bla...
Aún así, nadie escribe para proponer al menos un café, una cervecita, —para eso nos hicimos mayores, no!!!— una conversación diferente, porque levantar el teléfono en estos tiempos es deporte extremo. Nadie dice “te paso buscando”. Sólo tengo escuetos "hola amiga que tal" A veces pienso en llamar a alguien, y hasta eso hay que planearlo. “¿Te viene bien hablar el jueves a las seis?” — No entiendo, una simple llamada no necesita cita previa ni recordatorio en el calendario. ¡Con lo que me gusta la espontaneidad, andar en este protocolo me fastidia!
Lo cierto es que la soledad amiguera y yo empezamos a convivir.
Si te soy honesta, voy a manifestar en voz alta lo que genera en mí: no me interrumpe, no es caprichosa y además me deja elegir la música que quiero oír sin discutir. A veces hasta me invita a reflexionar —aunque tiene la mala costumbre de hablar justo cuando intento dormir—.
Descubrí, aunque suene a cliché, que el silencio no siempre es incómodo. A veces solo está cansado de tanto ruido. Así, que aquí estoy: sin planes, sin amigas, sin ganas de hacer amistades nuevas, pero con una paz tan absurda que asusta. ¡buah!
En fin, supongo que llega un momento en el que de una u otra forma ya nadie te quiere en su vida... (no quiero pensar que sea así, pero tengo todas las papeletas para pensarlo —Yo también me he hecho a un lado en varias ocasiones— lo más curioso es que uno empieza a disfrutarlo. Es la ventaja de quedarse fuera de las vidas ajenas: No hay que fingir mucho interés y uno se ahorra muchos “qué gusto verte” por compromiso.
Gracias por leerme.
SG.-
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¿Cuál es tu expectativa salarial?
Esa pregunta mágica en una entrevista de trabajo que suena a interés, pero huele a recorte.
Me encanta esta pregunta. Como si de verdad fuera a influir en algo. Como si al decir: “Quiero ganar 2.000€ netos al mes, trabajar desde casa, cumplir objetivos reales y no caer en depresión con las metas inalcanzables que se fuman los jefes en su despacho. Tener vida personal, buena salud mental y horario de nueve a quince horas de lunes a viernes, me respondieran: “¡Por supuesto! Ahora mismo lo ajustamos a tu deseo.”
Mi expectativa salarial es no llorar antes de ir al supermercado. Poder ahorrar el 10% mínimo de mi sueldo, hacerle frente a los imprevistos, pagar los gastos, la vivienda y que el mes me acompañe y no me ahogue. Darme un capricho sin hacer las cuentas. ¿Es mucho pedir?
Nadie te pregunta eso para pagarte lo que mereces. Te lo preguntan para saber cuánto pueden recortarte sin que protestes, porque las funciones son para cuatro personas, pero debe hacerlo uno, tú.
Al final, no importa lo que respondas. Ya decidieron cuánto vales antes de conocerte y de que demuestres tu experiencia. Lo demás es puro protocolo… con aroma a cinismo corporativo.
Gracias por leerme.
SG.-
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¿Cómo te ves en cinco años?
La típica pregunta de entrevista que te lanza al vacío con una sonrisa corporativa.
Hace unos días me la hicieron y no supe qué contestar. Bueno, sí: quería ser honesta y decir que hace cinco años me veía de una forma… y que hace quince, en mi país me veía de…
De hecho, me gradué en… ¡bue, en fin! terminé exiliada, con muchas preguntas en mi cabeza y finalmente, traicionada, con un cuadro de ansiedad por tener la mochila tan llena y cuestionando hasta el nombre de mi mascota.
Así que no, gracias.
No quiero decirte cómo me veré en cinco años.
No quiero ser nada.
Quiero saber quién he sido. Porque decidir vivir en el presente, es una revolución personal;
una mezcla entre conciencia plena y burla constante a los traspiés de la vida.
Ya no proyecto, reconstruyo sin mapas ni brújulas. A ojo. A veces con las manos temblando.
Reconocía mi sonrisa… ahora la practico frente al espejo.
Reconocía la luz en mi mirada… ahora parpadea, bajita de energía, a punto de hacer
cortocircuito.
No me interesa visualizarme como si tuviera una bola de cristal.
Quiero reencontrarme sin excavar en cada rincón del pasado, sin dibujar futuros que
probablemente no llegarán.
Lo que fui, quedó.
Lo que vendrá, no tengo idea.
Y, sinceramente, no sé en quién me convertiré.
Pero al menos sé quién no quiero volver a ser.
Y con eso, por ahora, me basta.
Gracias por leerme.
SG.-
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