¿DE QUÉ COLOR FUE LA CONQUISTA?
En Venezuela, en mis tiempos de colegiala, celebrábamos el 12 de octubre de 1492 como el Día de la Raza. Con el chavismo, pasó a ser el Día de la Resistencia Indígena. Yo prefiero decir Hispanidad: suena bonito, casi musical, aunque debajo del ritmo —años más tarde— haya aún mucha ruina moral.
No quiero ponerme en plan historiadora, porque no lo soy. Tampoco quiero hacer de este texto algo tedioso, porque no es mi estilo. Sin embargo, una vez más intento entender qué celebramos realmente: ¿una conquista, una herida, un mestizaje, una confusión histórica o una adaptación forzada con arepa y guitarra?
En mi sangre hay mucha historia mezclada; Soy hija de América, España me tiene de acogida; y en días como hoy me pregunto: qué parte de mí pertenece a la sociedad que llegó y qué parte a la que resistió.
La historia que nos contaron —me imagino escrita por quienes salieron victoriosos—, ¿habrá sido sincera? ¿O habrán enterrado algunas verdades bajo la tinta del “descubrimiento”? Cada quien a lo largo de la historia, echa sus cuentos cómo le parece.
Según dicen, fue el encuentro de dos mundos. ¡Ojalá hubiese sido un encuentro armonioso! pero no es un secreto para nadie que uno llegó a imponer su idioma, su fe, su voz; y el otro tuvo que callar para sobrevivir. De alguna forma, seguimos repitiendo esa dinámica: callando, adaptándonos, resistiendo con una sonrisa y por supuesto con una oración.
Somos millones los que nacimos de esa confusión: llevamos en nuestra genética social sangre española, indígena, africana y el ímpetu de tantas almas que hoy cruzan mares buscando pertenecer —o conquistar— algún rinconcito del planeta.
Uno de los temas de más actualidad es la emigración. No me atrevo a asegurarlo, pero todo indica que estamos condenados a mezclarnos por diferentes razones. La humanidad es así: se mueve, se entrelaza, lucha por sobrevivir y en el fondo, incluso cuando emigramos, seguimos intentando imponer nuestras tradiciones... quizás para no sentir que morimos del todo. Así como Cristóbal Colón, la humanidad continúa moviéndose, buscando la salvación en algún punto del mapa. Iniciando viajes desconocidos, impulsados por diferentes motivos: ego, ambición, fe, curiosidad o deseo de trascendencia.
Al final, no importa dónde nazcas. No todos ansiamos cruzar mares, pero la vida a veces nos mueve como olas a buscar nuevos horizontes. Existen millones de almas migrantes buscando un lugar donde nuestra mezcla no sea motivo de conflicto, sino de orgullo, porque ningún continente nos separa del todo.
Lo cierto es que, para todos, fue un auténtico descubrimiento, aunque doloroso. Antes de aprender a escribir en su idioma, tuvimos que desaprender el nuestro: el indígena, el africano… Tuvimos que adaptarnos a nuevas costumbres y a un idioma que, con el tiempo, se convirtió en nuestra herramienta para narrar, pensar y cuestionar historias similares a la nuestra en la modernidad.
Valoro que lo que comenzó como conquista se haya transformado, con los siglos, en un puente; un puente que permite a estas generaciones forjar un nuevo camino en la madre patria. Y aunque sigamos “celebrando” fechas, banderas y versiones, seguimos intentando algo más valiente: reconocernos.
Ahora sí, para cerrar, quiero responder a mi pregunta inicial:
¿De qué color fue la conquista?
Quiero pensar que fue dorada, por el brillo del oro que buscaban, aunque si nos ponemos en el escenario de humillación e intimidación que nos cuentan algunos libros de historia, te digo que tenía más tonos de rojo sangre que de victoria. Rojo de tierra herida, del fuego que arrasó lenguas y creencias. Otros, más conservadores, dirían que fue blanca, por las velas que se hinchaban en nombre de la fe. Pero yo te aseguro, como si hubiese estado allí, que el color de ese día fue gris como la confusión…
Gracias por leer estas líneas.
SG.-
Todos los derechos reservados.