EL HECHIZO DE ANGUS
Angus es una extraña que husmea por los rincones de mi entorno.
Se esconde. Vigila bajo el manto del sigilo.
No tiene cuerpo, pero su energía es feroz, casi abrasiva.
Ha invadido cada espacio de mi intimidad, como una amenaza que no necesita nombre.
Se disfraza de buena intención, se arrastra sin ruido, y poco a poco intenta aislarme.
Le ha dado un golpe certero a mi existencia.
Es una energía densa, pegajosa, parecida a las grasas saturadas.
Se ha inoculado en mi sangre, distorsionando cada pensamiento.
Me atrapa en una red viscosa de miedo y confusión.
Todo lo que provoca en mi mente se vuelve tan real que cuesta distinguir la vida del hechizo.
Angus pellizca con veneno la boca de mi estómago.
Sujeta mi corazón y lo encoge hasta volverlo un órgano rebelde.
Late con violencia, olvidando que su misión era solo mantenerme viva y cada pulsación se vuelve un golpe contra mí.
Me deja un cuerpo inerte, dependiente, inflamado de impotencia.
Sin consuelo ni autocompasión.
Es difícil luchar contra algo que se alimenta del propio cansancio.
Esta impostora se ha infiltrado en mí con una crueldad silenciosa.
Me abraza con manos ásperas, me revuelve el cabello con dedos que parecen hechos de polvo.
Hace temblar el suelo donde intento sostenerme.
Se planta frente a mí, desafiante, esperando que me quiebre.
Susurra secretos sobre lo desconocido, grita buscando una razón que no existe.
Y luego… se apaga.
Deja tras de sí, un eco de soledad que pesa como un cuerpo.
Mis pulsaciones se aceleran, después se arrastran.
El vacío que queda es tan profundo que parece haberse tragado mi nombre.
Mi sangre hierve de cortisol.
No puedo ser indiferente a este temblor que soy.
Respiro.
El miedo no es eterno, me repito.
Respiro, enfoco mis pensamientos.
Acepto que hay lugares a los que ya no pertenezco y voces que ya no me nombran.
No soy víctima ni verdugo: soy aliada de mi mente.
Respiro otra vez.
Mis costillas se expanden, mi corazón se calma.
Y con un grito salvaje —ese que solo nace de la rabia y el coraje— digo:
¡No me vas a doblegar!
Entonces, el hueco entre el pecho y la espalda se llena de aire.
De ilusión.
Angus se desvanece, perdida en algún punto ciego de mi inconsciencia.
Aunque a veces, en el vasto silencio, sigo hablándole.
Sé que escucha.
Me queda tanto por hacer, murmuro.
El tiempo que quiero conjugar es el ahora.
No me falta nada:
tengo aire en los pulmones,
claridad en la mirada
y una anatomía entera.
Amén.
Sigo viva, movida por la curiosidad que me empuja a descubrir y aprender.
Confío en mí.
No envidio la fortaleza ajena, porque la honestidad ya me reta cada día.
Frente a la adversidad, mi familia es mi refugio:
me recuerdan quién soy.
No estoy sola.
Tengo pocas amistades y demasiados desconocidos,
pero ellos también llenan mis días de color.
Así que escucha bien, Angus:
puedes volver cuando quieras,
pero ya no te temo.
Soy templanza y fe.
Bondad, maldad y reflexión.
Soy.
Y eso, te guste o no, me basta.
Gracias por leer estas líneas.
SG.-
Todos los derechos reservados.